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Silvia e Itsasne

Enero 2018

Un mes antes de Navidades, Silvia y yo decidimos viajar a Kenya. Su segunda vez en África y mi primera vez en el continente africano (¡sin duda no será la última!).

Las dos teníamos claro que este no iba a ser un viaje en el que solo íbamos a conocer los maravillosos parques naturales y preciosos animales que tiene este país. Siendo las dos profesoras, queríamos visitar colegios y compartir unos días con los niños y niñas de allí.

Tuvimos la suerte de poder contactar con los responsables de Voluntarios en Kenia, quienes  antes de llegar a conocer a los niños/as, ya nos hicieron empezar a amarlos/as.

En  cuanto hablé con Sandra y compartió conmigo su experiencia, supe que, como le había pasado a ella, dentro de nosotras también cambiaría algo. Después, intercambiamos emails y les confesamos que serían esos cuatro días que estaríamos en Mombasa los que más ilusión nos hacían del viaje (tanta ilusión nos hacía que fue lo primero que cerramos del viaje).

Los primeros días en Kenya los pasamos con un majísimo guía keniano que además de enseñarnos los parques nacionales nos habló sobre la historia, idiomas, culturas y tribus del país, nos llevó al barrio de Kibera (Nairobi) y tuvimos la oportunidad de visitar cuatro colegios de primaria, nos llevó a un mercado de un pueblo masái, a bares y restaurantes donde aparte de probar la riquísima comida y cerveza de Kenya nos dio la oportunidad de poder compartir preciosos momentos con personas de allí.

Después de pasar unos estupendos días conociendo el país y su gente, llegó el 30 de diciembre. De camino a Mombasa nos tuvimos que parar en un pueblo llamado Voi para arreglar el embrague de la furgoneta en la que íbamos. No hacíamos más que pensar en los niños/as, ¡estábamos nerviosas y a la vez ilusionadísimas! Como el arreglo de la furgoneta tardó más de dos horas, fue en esa pausa cuando desde Voluntarios en Kenia nos escribieron preocupados diciendo que les acababan de decir que se había roto el depósito de agua del orfanato, y que tendríamos que ducharnos con cubos de agua. Pero a nosotras nos daba igual, y les dijimos que estuvieran tranquilos: ‘hakuna matata’.

¡Por fin llegamos al Baby Life Rescue! El guía nos llevó hasta la puerta y nada más bajar de la furgoneta ya teníamos cada una de nosotras a dos niños/as en brazos y todos/as los demás llamándonos ‘auntie’. Miraba a mi amiga y la veía tan feliz como a mí. Miraba a los niños/as y veía unas sonrisas llenas de honestidad y felicidad. Esa sonrisa que cuesta menos que la electricidad y da más luz.

Vivimos esos días con mucha intensidad. Aunque nos hubiera gustado poder estar más días, fueron los suficientes para quererlos/as a más no poder. Sonrisas, llantos, biberones, canciones, bailes, cuentos, abrazos, cosquillas, pinturas y globos, oraciones de agradecimiento antes de irse a la cama, el “give me five, Itas” cuando ya están en la cama, gestos de agradecimiento, admiración y amor, …

Era increíble y a la vez mágico ver como los más mayores (niños y niñas de 4, 5, 6 o 7 años) cuidaban de los más pequeños/as, como se ayudaban, como jugaban unos con otros y como creaban esa conexión entre ellos/as que es difícil de describir.

Pensamos que en la fuerza de la solidaridad das y recibes continuamente. Creemos que los niños/as siempre podrán ofrecernos una mirada distinta de la vida, y así fue. Admiramos a esos niños/as que te enseñan que un día brillante depende más de nuestra actitud que del sol. Los/las admiramos porque con su amor y sensibilidad y sin que ellos/as se den cuenta nos hacen crecer como persona.

Nos gustaría dar las gracias a todas esas personas que trabajan con estos niños y niñas y hacen todo lo posible para que estén bien; por crearles la sensación de pertenecer a un lugar que tan importante es para un niño/a; por darles una oportunidad en la vida; por educarlos; por todo. Gracias a los responsables del Baby Life Rescue y a todos los trabajadores/as del Orfanato que nos hicieron sentir como en casa, y a todo el equipo de Voluntarios en Kenia,  que cuidan tanto de los niños/as como de nosotras. De verdad, es admirable el trabajo que hacéis.

Esperamos volver, ya que un pequeño trozo de nuestro corazón se quedó en Mombasa con ellos/as.

Hay una frase preciosa en nuestro idioma (euskera) que dice: “zure irriaz eralda ezazu mundua, munduak zure irria eralda ez dezan” que significaría: “cambia el mundo con tu sonrisa, para que el mundo no cambie tu sonrisa”. Esperamos que estos niños/as no pierdan nunca esa sonrisa y les deseamos lo mejor en la vida.