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Luisa Maldonado (Colombia)

Comencé este viaje sin saber realmente qué esperar, pues lo que uno escucha de África podía ser real como podía ser algo lejano de la realidad.

El instante que aterricé en Kenia, no sabía cómo prepararme mentalmente para los próximos días o situaciones que iba a vivir fuera de mi zona de confort, rodeada por una realidad francamente dura. La pobreza que encontré en la ciudad costera de Mombasa, no la había visto antes en ningún lugar; mis ojos no podían creer lo que estaba viendo. Ni una sola calle saliendo del pequeño aeropuerto estaba pavimentada, a pesar de ser la segunda ciudad más grande del país. Basura en ambos costados de la tierra que indicaba el paso de los carros, agua estancada en cada hueco del camino y chulos rodeando las montañas de basura. Era de noche, y la única luz que iluminaba el camino era la de los carros.

Otras veces había ayudado en organizaciones o donado a orfanatos en mi país, pero esta vez quería hacer algo distinto. El resultado, fue un voluntariado en el que me encontraría completamente inmersa en una cultura totalmente nueva para mí, y conviviendo junto a ellos durante 15 días, sin entender su idioma y sin poder comunicarme plenamente.

Viví en las mismas cuatro paredes de la casa del orfanato dónde la vida no es fácil, tanto para estás pequeñas criaturas, como para el staff que colabora día a día allí. La falta de agua, comida, higiene, medicinas, es notoria y dolorosa. No era necesario entender su idioma para saber lo que les hacía falta a estos niños: llantos incansables día y noche que solo un segundo de distracción o un abrazo podían calmar. Desde el primer día, estos niños se lanzaban a mis brazos pidiendo que los alzara o que les diera abrazos; mientras que le ponía atención a uno, el otro lloraba.. ¡ A tan pequeña edad y nunca les han dado el cariño que se merecen!.

La manera en que comen sin apenas musitar una palabra; les pones el plato en frente, sin importar que todo esté lleno de moscas y que lo que comerán no los alimentará, pues sobreviven con una dieta de sólo harina. Como obedecen a toda orden de quién sienten que es su mamá, Josphine, y como lloran cada vez que otro niño les quita el objeto de su distracción. Los llantos y risas no salen de mi cabeza, pienso en ellos todo el tiempo.

Todos los días los acostábamos a dormir a las 6 de la tarde. Todos obedientes, iban a sus cunas. Sin importar edad o tamaño siguen durmiendo en ellas aunque ya la mayoría no caben. A pesar de  estas condiciones de vida, estos 14 niños son los más agradecidos del mundo y no sabían cómo demostrarme el inmenso cariño que me tenían por estar ahí con ellos. Todas las mañanas, corrían a despertarme para que jugara con ellos y les diera de comer; me convertí en una madre para ellos en tan sólo 15 días. Día a día trataba de darles absolutamente toda mi energía y cariño, pues sabía que ellos lo apreciaban y la necesitaban. Hubo días muy duros en los que después de no dormir, ni comer bien y viviendo en esas condiciones de calor y falta de higiene, se me hacía difícil poder salir de mi cuarto con energía, pero esta sensación sólo duraba un instante, pues apenas veía la alegría en los ojos de estos pequeños al verme, me recargaba para comenzar el día.

Cuando llegó el momento de mi partida, no podía dejar de sentir una tristeza inmensa pues no quería pensar que hasta ahí iba a llegar mi ayuda. Compartí tanto  y vi tanto potencial en cada uno de ellos, que tomé la decisión de unirme con Sandra para continuar apoyándolos.  Siempre había escuchado que muchas organizaciones de voluntariado no destinan realmente el dinero que recaudan a los fines para los que se crean. Muchas personas quieren ayudar, pero no investigan lo suficiente  dónde terminará realmente su dinero. Me siento completamente agradecida con Sandra por haberme mostrado que sí es posible; pude comprobar que cada ahorro que llevaba acumulando para este viaje, era destinado a quienes realmente lo necesitan.

Tomó mucha valentía de mi parte tomar la decisión de irme completamente sola a un destino totalmente desconocido, donde estaría día a día sintiendo emociones muy fuertes. Sin embargo la tomé y fue la mejor experiencia que he podido tener. Esta experiencia me llenó el corazón y me satisface intensamente ver que es posible ayudar esperando a cambio nada más que un corazón completo y una sonrisa en la cara.